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Relato · David Bernadó

La vuelta
corta.

Un plano del parque junto al sendero, dos caminantes y un barquito en el estanque

LAIA se detiene ante un plano del parque. Hay tres recorridos dibujados en colores distintos y un círculo rojo junto a la frase Usted está aquí. Mete la mano en el bolsillo de su abrigo, busca algo y la saca vacía.

TOMÁS sigue caminando unos pasos antes de darse cuenta de que ella ya no está a su lado.

TOMÁS: Podemos ir por el estanque. Es más corto.

LAIA: Eso dijiste la última vez.

TOMÁS: Lo era.

LAIA: Volvimos a pasar por la entrada.

Tomás mira el plano. El camino del estanque se curva detrás de un grupo de árboles y reaparece junto al punto rojo. No dice nada. Espera a que Laia se acerque y echan a andar.

Una mujer recoge una pelota que ha caído al sendero. Su perro se adelanta, impaciente, hasta tensar la correa. La pelota vuelve al césped, seguida por el perro y por la mujer.

LAIA: He hablado con él otra vez.

TOMÁS: ¿Con el diseñador?

Laia asiente. Llevan semanas mencionándolo sin usar su nombre.

LAIA: Me corrigió.

TOMÁS: Eso suele ayudarte.

LAIA: Yo había empezado a contarle su historia por el libro. Los capítulos que se parecían entre sí, las noches intentando que la herramienta dejara de darles una moraleja. Me dijo que sí, que aquello había ocurrido. Pero que yo seguía mirando el primer árbol.

Tomás vuelve la cabeza hacia los árboles que bordean el sendero.

TOMÁS: Es una buena manera de decirlo.

LAIA: No fueron sus palabras. Son las mías.

TOMÁS: Entonces dime las suyas.

Siguen andando. Un ciclista les pide paso con un timbre breve. Laia espera a que los adelante.

LAIA: Dijo que después vino Codex. Que hubo periodos en los que consiguió avanzar tanto que se sintió capaz de hacer cosas que antes ni siquiera habría empezado. También hubo atascos más largos que los del libro. Habló de un pozo al intentar convertir una aplicación en algo que otros pudieran usar.

TOMÁS: ¿Qué pasaba en ese pozo?

LAIA: Todavía no me ha descrito toda la secuencia. Me habló de intentos, de resultados que no llevaban adonde esperaba. Yo seguía pidiéndole que volviera al comienzo. Ahora creo que le pedía el comienzo equivocado.

Llegan a una bifurcación. Un sendero cruza un pequeño puente de madera; el otro rodea el agua. Tomás toma el del puente. Laia lo sigue.

TOMÁS: ¿El libro?

LAIA: Sí. Es una historia atractiva: alguien pide una obra singular y recibe capítulos cada vez más semejantes. Es fácil contarla. En cambio, convertir años de trabajo navideño en una biblioteca… Ahí hay fotografías, renders, planos, instrucciones para construir elementos, recuerdos de qué funcionó en cada lugar. Si digo «quería ordenar unos archivos», no he empezado a contarlo.

Bajo el puente flota una bolsa de plástico. La corriente la empuja contra un pilar y la suelta; unos centímetros después, vuelve a rozar la madera.

TOMÁS: ¿Y cómo lo contó él?

LAIA: Empezó hablando de fotografías. Una imagen del árbol. Otra de la tarima. Una vista posterior que faltaba cuando había que explicar cómo se montaba. Después empezó a distinguir lugares: el piso, la plaza central, los pasillos. Y años. Y versiones que se habían propuesto, versiones que se habían construido, elementos que todavía podían servir. Cada distinción tenía sentido.

TOMÁS: Hasta que fueron demasiadas.

LAIA: No sé si fue eso.

Tomás la mira, sorprendido. Ella se apoya en la barandilla del puente.

LAIA: Una tarde, al parecer, podía estar decidiendo si dos imágenes eran duplicados. La siguiente pregunta era si mostraban el mismo elemento en momentos diferentes. Esa diferencia la conoce él porque estuvo allí, porque recuerda qué pidió el cliente o qué cambió al construirlo. Quiere que la biblioteca conserve algo de ese conocimiento. No sé qué parte de ese trabajo llegó a hacer ni dónde se atascó exactamente. Pero entiendo por qué le importaba tanto la manera de ordenar.

TOMÁS: Podrías preguntarle qué encontró cuando empezó a buscar dentro de la biblioteca.

LAIA: Apúntalo tú. He salido sin libreta.

Tomás se toca los bolsillos. Tampoco lleva nada donde escribir. Laia se ríe y dejan el puente.

Al otro lado, dos niños intentan hacer avanzar una barca de hojas por un canal estrecho. Uno sopla desde la orilla. El otro, más pequeño, mete la mano en el agua y la coloca un poco más adelante. La barca gira lentamente y queda atravesada entre dos piedras.

TOMÁS: Dijiste que la aplicación debía usarla otra persona.

LAIA: Sí.

TOMÁS: ¿Quién?

LAIA: Personas con las que trabaja en Navidad. Querían ver lo que ya había hecho. A él todavía le faltaba para el piloto completo que imaginaba, así que empezó a pensar en compartir al menos la biblioteca.

TOMÁS: Eso es un cambio concreto.

LAIA: Y trae preguntas nuevas. Qué parte está lista para mostrar. Qué recursos puede consultar otra persona. Cómo proteger el archivo de donde salió todo. Él puede mirar una imagen y saber que una estructura ocuparía demasiado espacio para cierto pasillo. La persona que abre una biblioteca por primera vez no lleva esa experiencia consigo.

Los niños siguen junto al canal. El mayor ha encontrado una ramita y trata de liberar la barca sin meter los pies en el agua. Laia los observa mientras habla.

LAIA: También quiere que la aplicación genere propuestas. Y que, más adelante, esas propuestas puedan situarse en un mall real. Con un mapa que permita entender pisos, plazas, accesos. No son ocurrencias que añadió para entretenerse. Cada una resuelve una parte de su trabajo.

TOMÁS: Y cada una necesita que otras partes ya funcionen.

Laia no responde enseguida. La barca se libera, avanza un metro y vuelve a quedar retenida entre las piedras. El niño de la ramita corre tras ella.

LAIA: Eso quiero preguntarle. Qué estaba intentando terminar cuando apareció la siguiente posibilidad. No quiero ponerle en la boca que nunca terminaba nada. Tiene trabajo hecho. El archivo ya ha producido una biblioteca. Lo que no conozco bien es el trayecto entre eso y la aplicación que él imagina.

TOMÁS: Antes dijiste «pozo». Él eligió esa palabra, ¿verdad?

LAIA: Sí.

TOMÁS: Entonces no le preguntes primero por las ideas que vinieron después. Pregúntale qué veía desde allí abajo.

Laia se aparta del canal. Durante un rato caminan sin hablar.

Un hombre pasa en dirección contraria con una carpeta de muestras bajo el brazo. Al cruzarse, una lámina se desliza y cae al suelo. Tomás se agacha para recogerla. En la lámina hay varios tonos de madera, casi idénticos a la sombra de los árboles. Se la entrega al hombre, que da las gracias y sigue apresuradamente hacia la salida.

LAIA: Me enseñó dos vistas de un interior.

TOMÁS: Sabía que llegarías a las imágenes.

LAIA: Había pedido un cambio preciso. El resultado parecía mejor iluminado; a primera vista era más convincente. Pero entre una vista y la otra había dejado de coincidir una parte del espacio. Para alguien que mira una imagen como inspiración quizá pase inadvertido. Para presentar un proyecto real, no.

TOMÁS: ¿Qué hizo?

LAIA: Lo señaló y pidió corregirlo. Lo que me contó es que a veces una corrección abría otra incoherencia. Podía dedicar varias vueltas a preservar lo que el modelo ya había mostrado bien.

TOMÁS: Eso sí se parece al libro.

LAIA: Un poco.

TOMÁS: Te molesta que lo diga.

LAIA: En el libro buscaba una voz. En esos interiores hay puertas, muebles y paredes que alguien podría encargar, pagar o construir. Una imagen preciosa puede ser una respuesta equivocada.

Se han acercado al estanque. Una franja de luz atraviesa el agua y hace difícil ver qué hay debajo. Tomás levanta la mano para protegerse los ojos.

TOMÁS: Tal vez se parecen en lo que cuesta dejar de corregir una respuesta que parece casi buena.

Laia mira el agua desde otro ángulo. Ahora distingue las piedras del fondo.

LAIA: Tal vez. Pero quiero que esa semejanza aparezca mientras cuentan lo que pasó. Si empiezo por anunciarla, terminaré encontrándola hasta donde no existe.

Se sientan en un banco libre. No ven la entrada del parque desde allí. Cerca, una persona arroja migas al suelo; las palomas se acercan, se dispersan cuando pasa un corredor y regresan en cuanto él se aleja.

TOMÁS: ¿Te dijo cómo se siente cuando trabaja con Codex?

LAIA: Usó una frase que todavía me cuesta colocar al lado de las otras. Dijo que le había dado superpoderes. Después dijo que cada modelo más poderoso podía hacerlo sentir más inútil.

TOMÁS: ¿Le preguntaste qué quería decir?

LAIA: La conversación se fue hacia otra cosa. Tendré que volver.

TOMÁS: Pareces temer esa pregunta.

LAIA: Temo formularla de manera que ya contenga una respuesta. Está haciendo cosas que antes no podía hacer solo. También sabe mucho que la aplicación todavía no sabe. Y lleva años aprendiendo herramientas nuevas para seguir diseñando. Si yo le pregunto si se siente reemplazado, quizá acepte o discuta una palabra que puse yo.

TOMÁS: Puedes empezar por «inútil».

LAIA: Esa sí es suya.

TOMÁS: Y dejarle tiempo para responder.

Desde el banco ven a los niños aparecer de nuevo junto al estanque. Uno sostiene la barca de hojas en la palma abierta. La han sacado del canal. La mira como si estuviera evaluando si echarla a esta agua más grande.

Laia se levanta antes que Tomás.

LAIA: Vayamos por el camino del estanque.

TOMÁS: Ya estamos en él.

LAIA: Quiero ver dónde termina.

Caminan bordeando el agua. Vuelven a hablar de otras cosas: del frío que empieza a sentirse en septiembre, de una tienda que cerró frente al parque, del perro de una amiga que se niega a cruzar puentes de madera. Laia deja que la conversación se aparte. Cuando vuelve a mencionar al diseñador, lo hace mientras Tomás está mirando un árbol partido que continúa creciendo por uno de sus lados.

LAIA: Dijo que veía las salidas de la rotonda.

TOMÁS: ¿De cuál de estos lugares?

LAIA: No se lo pregunté así.

TOMÁS: Quizá no hablaba de un lugar.

Laia se detiene. Delante de ellos el sendero se curva detrás de los árboles. No pueden ver adónde va. En el estanque, uno de los niños suelta por fin la barca. Esta se aleja de la orilla antes de que el viento la devuelva, despacio, hacia el mismo banco donde habían estado sentados.

Laia sigue caminando. Tomás tarda unos pasos en alcanzarla.

Al doblar la curva aparece el plano del parque, con su círculo rojo junto a Usted está aquí. La salida principal está a la derecha. El camino que toman continúa recto.

Un cuento de David Bernadó · Fuera de plano

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